martes, 2 de septiembre de 2014

Vigésima primera entrada

Juego de niños

Hoy fue a verme a la salida, así como en días anteriores. No corrí a besarle. Di un suspiro antes de caminar sin ganas hacia él. Saqué el celular usándolo de pretexto para evitarlo. Tan yo. Él estaba de pie viéndome, tan serio, que yo quería llorar y correr a sus brazos. Sentimientos encontrados en cinco segundos. No quería verlo. No quería llorar mares.
—Hola.
—Hola.
Curioso es que antes todo iba acompañado de un «amor» o un «cariño». Ahora el saludo ha quedado al igual que mi corazón: solo y flotando. 
Esperó a que llegaran por mí. Me preguntó sobre mi día y le contesté afirmando con la cabeza. Me reproché a mí misma lo cortante de mi respuesta así que conecté mi mirada con la suya. Él tenía esos ojos que contienen la tinta con la que escribía mi historia junto a él. Le ruego a Dios que me ayude a no llorar. 
—¿Quieres un beso? 
Oh cariño, no quiero, ¡lo deseo! 
—Sí.
Tomó mi cara como solía hacerlo siempre. Dios, por favor, no permitas que una lágrima salga ahora, no es el momento. 
Cuando dejamos de respirar el aire del otro, yo sólo pude mirar el suelo. Seguimos con el juego de niños. Llegó el momento de alivio y de dolor en el que me fui y él también. 
Agradecimientos especiales a una joven, que prefiere mantenerse anónima, por la edición de esta entrada.

domingo, 31 de agosto de 2014

Vigésima entrada

Romper

Oh, esa canción, empieza tan suave como cuando empiezo a escribir. Estoy frente al espejo viendo mi cara roja y mis pestañas empapadas. 
—Resígnate, acéptalo, ya jamás volverá— le grito a mi reflejo, a ese reflejo débil y perdido en un mar de sentimientos, momentos y canciones. Veo los objetos de mi tocador. Bellos e inolvidables recuerdos. Un boleto, un programa teatral y una rosa olvidada. Tomo el boleto de aquella función donde él participó. "No debe ser el tiempo correcto. Ni debo ser yo el correcto" dice la canción mientras una lágrima cae sobre éste. "Pero hay algo de nosotros que debo decir". Lo estrujo y lo maltrato de más."Porque hay algo entre nosotros de todas formas". Lo rompo en decenas de pedazos. Ahora tomo ese programa teatral. Otra lágrima cae acertando en el blanco. "Un secreto que compartiré contigo". También lo hago pedazos y los lanzo con todas mis fuerzas. 
"Te necesito más que a nada en mi vida". Me derrumbo. "Te quiero más que a nada en el mundo". Miro la rosa que él robó en aquella fiesta para mí. "Te extraño más que a nadie en mi vida". La tengo entre las manos aplastando los pétalos secos como si fueran todos los recuerdos. "Te amo más que a nadie en mi vida". Lloro y gimo destruyendo la flor.
Me incorporo con la tonada de la canción aún sonando en mi cabeza. Recojo y dejo caer todo lo anterior al bote de basura: el boleto, el programa teatral, la rosa olvidada y mis sentimientos hacia él.

Agradecimientos especiales a una joven, que prefiere mantenerse anónima, por la edición de esta entrada. Si la ven díganle que el cielo se torna más oscuro un momento antes de que salga el Sol.

jueves, 21 de agosto de 2014

Divagación 16:10

Bajando del colectivo crucé la calle y entré a la tienda de autoservicio. Voltee a la derecha y, sin esperármelo, vi su nombre impreso en la lata de refresco. Al tomarla del estante, aún más inesperado, Monitor estaba sonando. La música provenía de no sé dónde, pero sonaba y yo tenía la lata en mi mano. Y sonreí. 

sábado, 16 de agosto de 2014

Décima novena entrada

Escaleras

   Después de pasar por el torniquete me coloco los audífonos y saco mi iPod para reproducir la playlist que me hace pensar en ti. Camino con las manos en las bolsas de la chamarra. Veo algunas personas de reojo. La verdad no les pongo atención, sin embargo, si no anduvieran por ahí, el frío que siento en las orejas me las arrancaría.
   "... los dos conectan bien. Quizás en otra vida fueron un mismo ser". Llego a una intersección y doy vuelta a la derecha, avanzo varios pasos y a la izquierda hay unas escaleras. Me gustan esas escaleras. A veces, cuando pasan muchas personas por ahí, me siento como si estuviera en el transporte público. En las mañanas voy para arriba. Comienzo a ascender.
    "Y haberte conocido me hace flotar". Mantengo el ritmo. En niveles superiores encuentro más personas, a las cuales, de manera aleatoria, les miro por donde deberían tener el ombligo. Hasta que alguien me ve haciéndolo y rápido evito su mirada apresurando el paso.
   "Being as in love with you as I am". Sigo subiendo y comienzo a sentir que haré esto por la eternidad. Respiro más difícil que hace treinta segundos. Me aguanto y continúo. 
   "Otra vez dos locos esperando frente al vendaval..." Estoy por llegar, lo sé. O no. Maldición. Necesito sentarme. Me agarro del barandal azul y mis asentaderas las coloco a la mitad de este tramo. Puedo sentir como si el corazón lo tuviera en el cuello y los pies al mismo tiempo. Soy una vergüenza en esto.
   "So lets love fully and lets love loud...". Sé que soy mejor que tener que reposar al subir unas escaleras. Respiro haciendo ruido. Entra por la nariz, sale por la boca. Tengo sed. No hay agua.
   Me siento impulsado por "the horizon tries but it's just not as kind on the eyes..." y me pongo de pie mientras me limpio el trasero. Oh sí, para esta altura los humanos ya escasean, por lo menos en los pisos que he pasado porque subiendo no veo a nadie. ¿No será que estoy yendo al lugar incorrecto? Reviso mi horario y confirmo que me restan varios pisos más. ¿Por qué el edificio es tan alto? Es decir, me mareo un poco con sólo asomarme por el borde, además que el barandal es lo único que impide que pueda caer. Caer. Ojalá pudiera caer sin tocar el suelo. Sería asombroso.
   "... se mueven rápido y me hacen perder la calma". Viene a mi mente esa vez que soñé que caía y un momento antes llegar al piso despertaba. Y no despertaba sudando como he escuchado que las películas dicen que pasa cuando se sueña eso, sino abría los ojos y veía lo oscuro del techo de mi habitación, petrificado por la imagen aún visible de la muerte a dos centímetros de mi nariz. Tal vez haya algo descompuesto en mí. Ajá, un piso más. Un último impulso de adrenalina corre por mis lastimadas piernas.
   "Y me lamento por no estar allá. Y hoy te miento para estar solos tú y yo". Ahora tengo a la vista el pasillo donde terminan las escaleras y corro. Llego al salón que buscaba. "... sólo tú y yo". Suspiro. Desconecto los audífonos, giro el picaporte y empujo la puerta.

viernes, 25 de julio de 2014

Décima octava entrada

—Me gustan los días lluviosos, pero no me gusta la lluvia.
—Entonces te refieres a los días nublados.
—No. Me encantan esos momentos antes de que comience a llover. Es como si el aire se emocionara y el pasto se pusiera ansioso, como si todo el lugar esperara esa primera gota que rompe con la tensión, pero con la segunda parece menos impresionante y así con las siguientes. No sé, me mata.

domingo, 20 de julio de 2014

Décima séptima entrada

Es domingo por la noche y me siento de la chingada. Mañana por la mañana no voy a ir al salón 14 y no va a estar esperándome en el pasillo asomado por el barandal viendo a quienes pasan o buscando a alguien, no lo sé. Mañana es lunes y no voy a compartir un audífono con él para escuchar y cantar Love of Lesbian, Torreblanca, Miss Caffeina, Little Jesus o cualquier grupo que nos ponga nostálgicos, de esa nostalgia diferente, la nostalgia de los dos, en la que nos acompañamos, con la que nos sentimos bien.

martes, 15 de julio de 2014

Décima sexta entrada

Morado 

Él sentado, aburrido hasta la madre, el sol dándole de lleno en la cara. Con el entrecejo fruncido, Santiago sólo quiere salir de ahí. Por si fuera poco, también está frustrado su intento de ver el espectáculo. No es que muera de ganas de verlo, pero quiere distraerse, traer su mente de regreso a la cabeza, dejar de mirar las sillas vacías. Excelente máscara la que le proporciona su aparente enfado, no atrae a nadie con las preguntas de toda la semana: «¿Qué tienes? ¿Qué te pasa? ¿Por qué la cara larga? ¿Dónde dejaste la sonrisa?». Ninguna persona le pregunta a otra por qué está enojada. O sí.

Quizás esta vez no.

Podría estar pintando, mierda. Y él desperdicia el tiempo. Podría estar en el parque Houdart con una lata de Coca-Cola Zero, su cuaderno de bosquejos y The Cure sonando. Imagina colores y texturas nuevas, le entran unas ganas enormes de probarlos todos. Quienes lo conocen han visto cómo pinta, lo alientan a crear más, y así no puede, no en esta situación.

Nubes gordas y grises se acercan. Vaya, por fin, joder, pudieron haber llegado antes. De repente, casi cómico, el azul del cielo desaparece engullido por los grandes monstruos de agua. Así como aparecieron, comienzan a derramar su centro líquido para arruinar los peinados de los bailarines sobre el escenario. Las gotas caen con más suavidad que de la regadera, tal vez por la distancia. Santiago se levanta, sale de la fila de sillas y permanece de pie, con miedo de cerrar los ojos porque se siente solo y no lo disfruta.

—¿Por qué te mojas? Te vas a enfermar —pregunta Sergio, su amigo, hasta ahora un compañero silencioso mientras se echa encima la chamarra de cuero, con gorro, para mojarse lo menos—. Vamos o te vas a despeinar.

Santiago le dirige una mirada irónica, pero se deja llevar por Sergio hasta un techito donde otras personas se apretujan, guareciéndose de la lluvia. Todos huelen a ropa mojada.

—Sabes que me desagrada el contacto físico de desconocidos. Prefiero empaparme, a esto —susurra Santiago a su amigo.

—¿Otra vez así? Alégrate, es viernes. Celebraremos hasta ponernos morados.

—Me encanta estar morado —dice Santiago sin el entusiasmo que debería llevar su chiste local, si bien intenta sonreír y una mueca deforme se dibuja en su rostro.

Sergio le da unas palmaditas en la espalda, palmaditas de ánimo.

—Santiago, deja de pensar en eso.

—No estoy pensando en eso. Estoy pensando en mi carrera como pintor; nunca tendré éxito.

—Vaya, qué problema —se burla Sergio y levanta las cejas fingiendo sorpresa—. Tienes 15 años, no estés pensando en eso.

—Tengo 15 años y me preocupa. No quiero fracasar en esto también.

—Yo creo que a nuestra edad no tendríamos que tomarnos en serio lo que nos pasa. Nuestra existencia no es relevante ahorita. Tan poco relevante, que podemos ser todo y nada de lo que queremos de un momento a otro.

—Tal vez tengas razón. Quién sabe —comenta Santiago ya no viendo las vibraciones en los charquitos sino contemplando el sosiego de la llovizna combinado con los murmullos de las personas detrás de él.

Todo es melancólico. Qué idea va a tener Sergio de existencias y cosas serias. Santiago le lleva casi un año así que su existencia es menos seria que la de él.

Se le da muy bien andar pensando palabrotas cuando llueve todos los días de la semana. No es cierto, qué más da que llueva o no, es la frustración que no lo deja descansar. ¿O será el café antes de acostarse? Malditas noches y sus macabras cavilaciones. Macabras e inservibles para él y para cualquiera. Oh, mierda.

El teléfono suena y Sergio contesta. Es Armando. Habla con él un rato y después cuelga.

—Oye, güey, larguémonos de aquí, encontré algo mejor qué hacer, esto se echó a perder con el agua.

—No me digas que vamos con Armando. Cuando sale con sus declamaciones no hay quien lo pare. Y luego quiere que le digas qué tal lo hizo y que practiques con él. ¿No dijiste que íbamos a celebrar hasta ponernos morados?

—Armando se pone morado cuando llora declamando.

Tuvieron que taparse la cara con las dos manos para contener las carcajadas, como esas de otros tiempos en la cafetería donde se juntaba el grupo de ocho amigos y, al igual que ahora, las miradas de las personas detrás de ellos sobraban.

─Está bien, vamos ─dice Santiago.

─Pero antes déjame pensar cómo decirle que sólo vamos a verlo ponerse morado.

Carcajadas de nuevo. Ambos salen corriendo de su pequeña guarida pasando sobre un charco que salpica a los murmullos y miradas despectivas que no habían cesado. Corren a buscar un taxi, con la agradable sensación en las orejas como si estuvieran a punto de cambiar de color.

Agradecimientos especiales a Carlos Calles, colaborador de resortera.mx, por la edición de esta entrada.