viernes, 17 de octubre de 2014

Divagación 13:07

De día soy jueves, pero de noche me convierto en domingo

De día soy jueves, pero de noche me convierto en domingo. Mas ser jueves es consecuencia de haber sido domingo la noche anterior. Cómo no voy a estar intratable si despierto aún sintiendo ese horrible no sé qué de extrañar todo lo que dejé atrás.
Despierto tarareando la primera canción que me viene a la cabeza. La conozco, quién sabe de dónde. De cualquier manera me saca una pequeña sonrisa.
Soy nostalgia de jueves, de mí, porque evoco esas veces que quise que te fueras a vivir conmigo, que mi rutina favorita era pasar por tu zona de derrumbe —firme y dispuesto—, que corría hasta tus labios después de buscarte entre toda la gente.
Después de bañarme rápido, tomo el transporte público y llego al parque. Voy a nuestra banca favorita y me acuesto en ella. Sé que en un rato va a venir el policía barrigón a pedirme que baje los pies. Me da igual.
Cierro los ojos y junto las manos en el ombligo, respiro profundo. Oigo pisadas y adivino quién es.
—Buenas, joven. ¿Me haría el favor de bajar los pies de la banca? No queremos que se maltrate, ¿verdad?
—Ajá.
Me siento y veo el enorme espacio vacío a lado mío. Bajo la mirada y me pongo de pie.
—Oiga, joven, ¿y la señorita que siempre venía con usted?

sábado, 11 de octubre de 2014

Divagación 10:55

«No abras los ojos. No, Marina, ni se te ocurra».
Intento calmar mi respiración. Estoy acostada boca arriba sobre la cama. El edredón ya no me cubre el cuerpo, seguro lo habré pateado mientras corría para escapar. Corrección: mientras soñaba que corría para escapar.
Soñé que despertaba. Qué irónico. Había un ruido tétrico que venía del interior del armario. Insistió lo suficiente para mi curiosidad y ésta hizo que me levantara. A veces la odio. Al momento que arrastraba los pies fuera de mi cama, me pareció que todo se hacía más grande, ¿o yo más pequeña? No hay diferencia. Me entró miedo y me detuve. Voltee a ver la cama. Tenía el tamaño de un autobús. Quise regresar a ella, esconderme entre las cobijas, protegerme con ellas, pero con cada paso se alejaba más.
Pelotas titánicas de colores, como las que salen en los comerciales del gobierno de la tv, aparecieron de las esquinas superiores, rebotando por todo el cuarto. Sentí mis ojos salirse de sus cuencos cuando me hacía a un lado para evitar a una de las gigantes.
Corría en círculos, brincando y manteniendo los ojos en su lugar.
Al final una de las descomunales me aplastó el brazo derecho. Éste se separo de mi cuerpo y, en lugar de sangre, vi brotar bolitas de algodón, de ese nuevo agujero, que cundían alrededor.

domingo, 21 de septiembre de 2014

Scarecrow

"La curiosidad mata al gato". Me lo he estado repitiendo bastante desde aquel día. Ese mismo día donde me di cuenta que no había más remedio sino esperar sentado en la banca de un jardín que florecerá tarde o temprano.
—Dios, ojalá esté aquí cuando el jardín florezca. Imagina cuántos frutos puede dar, y su variedad... —me lo digo mientras suspiro e imagino su paisaje lleno de colores. Como un arcoiris de dulzura y amargura de los frutos que brotarán. Quizá, sólo quizá, deba dejar toda la fantasía y poner los pies en la tierra. Sería saludable, o sólo parecería saludable. No puedo dejar de pensar en todo y en nada estando sentado en el marco de esta ventana.

A lo lejos, en el manicomio, se supo que iban a ejecutar a algún loco. Un don-nadie. Aquella tarde, durante los últimos rayos de sol que iluminaban aquella vieja estructura de concreto y cegaban a los pocos despistados observando por la ventana, queriendo evitar ser testigos de aquella brutal ejecución, se presentan el juez, el alcalde y aquel homicida que todos ven como un héroe: el capitán de policía.
—A este hombre se le ha acusado de robo y homicidio —los familiares de las víctimas comienzan a llorar—. No podemos permitir que siga haciendo de las suyas rondando las calles y plantando el miedo en nuestra ciudad. ¡Tiren de la palanca y manden al infierno a esta escoria! -grita, energizante, mientras el capitán acata las ordenes dadas. Las últimas palabras de este ser salieron a la sala como un cohete estallando: "Podrán matarme, pero nadie sabe la verdad absoluta ni la conocerán jamás hasta que abran sus mentes, malditos retrógradas". La electricidad en el edificio se desploma pero el objetivo a quedado completado en aquella silla de madera humeante, ahora con un cuerpo carente de vida sobre ella.

Una sombra cubrió el cielo ese día. Ese día en que nadie excepto yo, único testigo del crimen cometido, sabía que aquel que acaban de ejecutar no era sino un inocente citadino que caminaba en el lugar equivocado en el momento equivocado.

Justo después de la ejecución, lo vi, sonriendo frente la ventana del manicomio, al verdadero culpable, a aquel verdugo. Me corrían las lágrimas ante mi incapacidad de delatarlo. Uniformado y con la mano en la palanca que terminó con la vida de aquel inocente. Acababan de asesinar a un cualquier desconocido; sin embargo, lo relaciono con la razón. Asesinaron a la razón. No hay condena más grave que saber algo y no comentarlo. El mar de secretos se expande cada vez más. Tristemente, su palabra me ha llegado semanas después de su muerte cuando alguien, en su honor, escribió su palabra en aquel espectacular. Desde entonces, guardo una pluma negra en un cajón lleno de ideas, pues me he dado cuenta que somos espantapájaros, siempre inmóviles cuidando lo que tenemos, sin compartir, evitando que un ave negra llegue a darnos un consejo o una idea y cambiar nuesta forma de pensar. Es hora de emprender el vuelo con los demás cuervos y bombardear a la gente con las plumas negras, esperando que las recojan y esperando a que aquel jardín verde florezca de ideas de una vez.

martes, 16 de septiembre de 2014

Vigésima segunda entrada

Día y sonrisa

Martes. Otro día más. O no. Por más que quiera creerme ese cuento sé que no será así, en especial entre él y yo. Por alguna extraña razón, mi sonrisa nocturna no ha desaparecido. 
Mi horario se alarga hasta tarde, pero tengo un rato libre para comer. Cuando es tiempo, salgo del edificio y lo veo, allí está, otra vez, escondido detrás de una columna. Sé que me espera porque sólo ve la puerta y busca entre la gente. Respiro y camino sonriendo hacia él. La sonrisa en su rostro también aparece. 
—¿Qué tal tu día? Sí estudiaste, ¿verdad?—comenta él.
Y nos reímos. Hace tanto que no era así. Me aguanto las ganas de besarlo y abrazarlo, sin embargo, él lo único que hace es buscar la oportunidad de abrazarme y besarme. Lo odio por probar mi resistencia y lo amo cuando hace eso. Lo miro a los ojos.
—¿Qué?—pregunta él.
Ay, querido, preguntas como si no hubiese pasado nada.
—Uy, ¿no puedo mirarte? Lo siento pero tú tienes la culpa de tener esos ojos tan lindos.
Maldición. No debí haber dicho eso.
Entonces, mira mis pestañas, mi nariz, mis labios. Un beso, dos besos, tres besos.
—Te amo—le susurro a mitad de un suspiro. Me rindo ante sus encantos de nuevo.
—Te amo más, mi pequeña—dice él.
—Tengo que volver. ¿Hablamos después?
—Claro. Hasta en la noche.
—Hasta en la noche. Te amo.
—Te amo más.
Tres palabras que hicieron mi día y mi sonrisa.

Agradecimientos especiales a una joven, que prefiere mantenerse anónima, por la edición de esta entrada.

Divagación 21:44

Hundiéndome en el cemento tengo a la vista el manzano. O lo que era de éste porque estalla. Qué carajo. Los árboles no hacen eso.
Un dedo gigante sale de entre las nubes y me pica la espalda. Al ser tan grande está por hacer que mi cara se embarre en el suelo. Estúpido dedo, quítate de encima. Como apareció se larga a chingar a otro lado, quizá a su madre.
Dejo de descender y estoy atrapado hasta las rodillas. Si me viera desde los pisos superiores del edificio que tengo enfrente creería que soy un enano. Aunque quién dice que no lo fui desde siempre.
De repente me comienza a crecer la barba, y me sentiría entusiasmado, porque un día espero peinarla y trenzarla, de no ser por la rapidez de su crecimiento, que parece agua resbalando por una ventana cubriendo todo el espacio posible. Eso es, la barba me envuelve y abraza. Me da miedo y quiero deshacerme de ella. Antes de que pueda hacer algo para quitármela deja de moverse.
Soy un enano barbudo.

martes, 2 de septiembre de 2014

Vigésima primera entrada

Juego de niños

Hoy fue a verme a la salida, así como en días anteriores. No corrí a besarle. Di un suspiro antes de caminar sin ganas hacia él. Saqué el celular usándolo de pretexto para evitarlo. Tan yo. Él estaba de pie viéndome, tan serio, que yo quería llorar y correr a sus brazos. Sentimientos encontrados en cinco segundos. No quería verlo. No quería llorar mares.
—Hola.
—Hola.
Curioso es que antes todo iba acompañado de un «amor» o un «cariño». Ahora el saludo ha quedado al igual que mi corazón: solo y flotando. 
Esperó a que llegaran por mí. Me preguntó sobre mi día y le contesté afirmando con la cabeza. Me reproché a mí misma lo cortante de mi respuesta así que conecté mi mirada con la suya. Él tenía esos ojos que contienen la tinta con la que escribía mi historia junto a él. Le ruego a Dios que me ayude a no llorar. 
—¿Quieres un beso? 
Oh cariño, no quiero, ¡lo deseo! 
—Sí.
Tomó mi cara como solía hacerlo siempre. Dios, por favor, no permitas que una lágrima salga ahora, no es el momento. 
Cuando dejamos de respirar el aire del otro, yo sólo pude mirar el suelo. Seguimos con el juego de niños. Llegó el momento de alivio y de dolor en el que me fui y él también. 
Agradecimientos especiales a una joven, que prefiere mantenerse anónima, por la edición de esta entrada.

domingo, 31 de agosto de 2014

Vigésima entrada

Romper

Oh, esa canción, empieza tan suave como cuando empiezo a escribir. Estoy frente al espejo viendo mi cara roja y mis pestañas empapadas. 
—Resígnate, acéptalo, ya jamás volverá— le grito a mi reflejo, a ese reflejo débil y perdido en un mar de sentimientos, momentos y canciones. Veo los objetos de mi tocador. Bellos e inolvidables recuerdos. Un boleto, un programa teatral y una rosa olvidada. Tomo el boleto de aquella función donde él participó. "No debe ser el tiempo correcto. Ni debo ser yo el correcto" dice la canción mientras una lágrima cae sobre éste. "Pero hay algo de nosotros que debo decir". Lo estrujo y lo maltrato de más."Porque hay algo entre nosotros de todas formas". Lo rompo en decenas de pedazos. Ahora tomo ese programa teatral. Otra lágrima cae acertando en el blanco. "Un secreto que compartiré contigo". También lo hago pedazos y los lanzo con todas mis fuerzas. 
"Te necesito más que a nada en mi vida". Me derrumbo. "Te quiero más que a nada en el mundo". Miro la rosa que él robó en aquella fiesta para mí. "Te extraño más que a nadie en mi vida". La tengo entre las manos aplastando los pétalos secos como si fueran todos los recuerdos. "Te amo más que a nadie en mi vida". Lloro y gimo destruyendo la flor.
Me incorporo con la tonada de la canción aún sonando en mi cabeza. Recojo y dejo caer todo lo anterior al bote de basura: el boleto, el programa teatral, la rosa olvidada y mis sentimientos hacia él.

Agradecimientos especiales a una joven, que prefiere mantenerse anónima, por la edición de esta entrada. Si la ven díganle que el cielo se torna más oscuro un momento antes de que salga el Sol.